¿Dónde quedaron los recuerdos de los familiares de víctimas y sobrevivientes de Cromañón? - El Portal de Salta

¿Dónde quedaron los recuerdos de los familiares de víctimas y sobrevivientes de Cromañón?

Cuando las luces se apagaron, sentí al miedo recorrerme las piernas, la columna, los pómulos. Era como una firme contracción en cada músculo. Un estado de alerta. Los gritos se hacían más fuertes y profundos. El calor aumentaba, mientras que el aire se hacía grueso y pesado. Tanto que no llegaba a los pulmones con facilidad. Cuando empecé a moverme, intenté caminar hacia el escenario. Nahuel estaba conmigo. ¡Mamá, ayudame! Saltamos la valla que separaba al público de los músicos, desoyendo a la chica del chaleco de Cruz Roja que nos decía que la salida estaba del otro lado. Lo sabíamos, pero todos irían en esa dirección. Nosotros, salmones por naturaleza o por rebeldía, conocíamos una puerta detrás del escenario que daba al garage del hotel y, desde ahí, a la calle. En cuanto pudimos saltar al otro lado, el aire ya era viscoso como barro. Abrí la boca y respiré hondo. Tosí seco por el hollín y el aire caliente que ardía en mi laringe. Fue en ese momento que me saqué la remera y, con una mano, la apoyé sobre mi boca. Aspiré fuerte con la remera como filtro, mientras me movía intentando subir al escenario para cruzar hacia la salida. ¡Abran la puerta! Caminé unos pasos por el escenario, trastabillando entre la falta de oxígeno y la irregular superficie. La remera reducía la sensación de ahogo, pero el aire era cada vez más ínfimo. No sabía si en realidad aún la tenía en la mano, cuando un peso suave que cayó sobre mi espalda me dejó mirando, ya desde el piso, y todavía unos segundos más, el fuego que caía del techo de Cromañón.Pasaron casi quince años de ese momento que pareció, o que fue, eterno. Quince, como los años que tenía entonces, y como los días que pasaron hasta que desperté del coma en el Hospital de Quemados. No tardé mucho en recordar, tampoco en preguntar. Mi entrada y mi remera eran dos de mis recurrencias. La entrada tenía el dibujo del último disco que había sacado la banda y me había permitido estar ahí. La remera, roja, con un logo enorme y negro de La Renga, me había permitido subsistir por más tiempo, tal vez el crucial para estar ahora recordándolo. Debajo del logo enorme, tenía una inscripción: Insoportablemente Vivo. Era el título de un disco en directo que grabó La Renga, en el año 2001, en el estadio de Huracán. También era una premonición de lo que vendría. Esa remera quedó extraviada en el local de Bartolomé Mitre 3060, como testimonio de esa íntima resistencia a la muerte. Durante años tuve la ilusión de recuperarla. De que me dejen entrar, encontrarla, y salir caminando por esa puerta, conscientemente. Lo hablé en terapia. Lo sentía reparatorio, un cierre para algo que había quedado atascado e interrumpido. Hace unos años se lo pedí a mi abogado, José Iglesias, pero lo complejo del trámite y las trabas judiciales lo hicieron imposible. Esperé entonces que el momento llegase con el fin de las causas penales. Al fin y al cabo, era una remera, un símbolo de quien fui, que quería reencontrar y sacar de ese infierno. Un sentir reparador, pero consciente de que lo más importante de aquella masacre institucional, política y corrupta, es lo que se fue, y no lo que quedó.Los recuerdos son piezas de museo, pero los museos construyen memoria. Individual y colectiva. No puedo imaginar lo que pasaron las familias de los 194. Los que no volvieron. Los que, quizás, dejaron una zapatilla perdida, una huella de su resistencia sobre las puertas cerradas. No hay reparación posible. Solo nuestra podrida Justicia que decidió cortar por lo más débil y, aunque sentó un precedente con la débil condena a pocos funcionarios de baja monta, no llegó a la raíz sistémica del problema. Aún faltaba el remate: cerrada la última causa penal, el Tribunal Oral en lo Criminal 24 restituyó el local a su dueño, Rafael Levy, que estuvo preso por la tragedia menos de cuatro años. Simplemente le dio las llaves a la apoderada legal de la offshore propietaria del local, como si nada hubiera pasado. El Gobierno de la Ciudad desoyó los reclamos de los familiares de víctimas y sobrevivientes que exigieron la expropiación del predio y la constitución de un lugar para la memoria. Pero la memoria no está bien vista en estos oscuros tiempos históricos. Y ese acto, esa llave a uno de los responsables por la masacre, permitió que cada recuerdo, cada zapatilla, cada remera, incluida esa de Insoportablemente Vivo, fueran a un volquete y transportadas con destino incierto. Las huellas de esas manos que buscaron desesperadamente la vida fueron pintadas de un fresco blanco. La barra que facturaba fuerte gracias a la sobreventa de entradas que imposibilitó una evacuación ordenada fue demolida. El telón del escenario, y quizás la tela que cayó sobre mi espalda, rematándome al piso sin posibilidad de seguir hacia la puerta, se fue también donde solo Levy sabe. Robaron vida, robaron justicia y ahora robaron recuerdos. Son incansables mercaderes de la muerte y el olvido.El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tenía la responsabilidad de evitar que esto ocurriera. Una vez más, estuvo ausente. Padres y sobrevivientes lo advirtieron. El Gobierno hizo oídos sordos. Enterados de los movimientos, un padre intentó ingresar con una maza y un cortafierros, pero la policía de la Ciudad se lo impidió. Luego, acorralados, les permitieron entrar y fue entonces que constataron ese doble vacío: el del lugar, y el del corazón, al comprobar que, una vez más, se hacía visible que, como dijo Yabrán, poder es impunidad. Levy fue detenido el 5 de diciembre de 2014, diez años después de los hechos. En 2018 ya estaba en libertad condicional, y ahora arremetió una vez más contra las familias, en particular, pero contra la reparación de lo que un sistema corrupto y una cadena de negligencias y vistas gordas terminó por causar.Sé que esa remera no la voy a recuperar y, aunque me apene, también sé que eso es lo de menos. Lo que aún sigue insoportablemente vivo, en cada familia, en cada sobreviviente que lucha por vivir, en cada persona de corazón sensible, es la sed de cambiar estas oxidadas estructuras, corruptas, elitistas y maquiavélicas, que marginan y asesinan por desidia planificada, que profundizan desigualdades, que priorizan las ganancias sobre la vida, y que siguen profundizando un camino hacia un abismo al que todos, incluso los que hoy son parte de la fiesta, terminaremos siendo arrastrados.El autor sobreviviente de Cromañón.

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Fuente: ARGENTINA | https://www.infobae.com
¿Dónde quedaron los recuerdos de los familiares de víctimas y sobrevivientes de Cromañón?

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