La Salta del siglo XVIII, según Juan Ambrosetti

En una descripción que hace de Salta, don Juan Bautista Ambrosetti, eminente hombre de ciencia, en su libro de geografía del año 1902, habla de la vida diaria de nuestro añejo mercado San Miguel; de los sombreros que usaban las mujeres y de la artesanía sombrerera calchaquí, entre otros detalles.

Pero dejemos que hable Ambrosetti: “Si queremos observar costumbres, vamos al mercado (San Miguel), vasta construcción de tejas, y emporio principal del pequeño comercio. 

Fuera de los puestos de carne todos los demás son atendidos por mujeres, y ellas son las que venden esos mil productos de la industria casera, que por esas provincias es uno de los principales medios de vida que tiene la gente pobre.

Las que viven en las afueras usan sombreros de hombre, costumbre arraigadísima extendida por toda la campaña, con la particularidad de que al entrar a la iglesia se lo sacan, con el mismo respeto que el sexo barbudo.

El uso del sombrero entre las mujeres de la campaña de Salta, tiene su razón de ser, pues en muchísimos lugares el frío las obliga y el aire seco en otros, haría arripiar el pelo si no se le proveyese de esa prosaica protección.

El sombrero más común es de fabricación, de lana de oveja, y por eso se los llama por allí ovejunos (fotos).

Los que se dedican a su fabricación son principalmente habitantes de los Valles Calchaquíes, siendo sus talleres escasos de utensilios, y estos mismos, bien primitivos por cierto. A pesar de todo, su precio es muy bajo, lo que les permite competir con los de fabricación moderna. El pobrerío consume anualmente en las provincias del norte, unos treinta mil de estos sombreros”.

La movilidad 

“Todos los medios de locomoción criolla se hallan en este mercado: caballos, mulas y burritos. Estos últimos son empleados principalmente por los muchachos, que allí como en todas partes, hacen lo que quieren con ellos, gracias a su mansedumbre ejemplar, curtida a fuerza de palos, rebencazos y cuanta herejía puede inventar la impaciencia infantil, que nunca sabe andar despacio. De este tratamiento, los pobres animales sacan a veces lastimaduras y heridas que no curadas a tiempo, se transforman en mutilaciones, como le ha sucedido a uno de los que vemos por aquí, al cual han desprovisto del adorno natural que ostentan con tanto orgullo, las orejas”.

La comida

Continuando con la descripción, Ambrosetti se refiere a la gastronomía y dice: “En este mercado se da también de comer a la gente trabajadora en una serie de cocinas instaladas en una patilla central. Y más de un bizarro (elegante) gaucho, montado en una briosa y guapa mula (foto), que ya no se espanta del guardamonte clásico, al llegar a la ciudad, después de haber terminado sus quehaceres, y antes de volver a ponerse en marcha, viene al mercado.

Y allí como cualquiera de nosotros en el Café de París, se entrega a las ardientes fruiciones de un plato de picante de pata y librillo rojo de ají, que para ser bueno tiene que picar tanto, que el que lo come, a la fuerza debe sazonarlo con sus lágrimas. Y todo ese fuego hay que apagarlo con algún líquido, pero el caso está previsto, y en otro de los frentes puede nuestro hombre libar unos cuantos yuros de sabrosa chicha de maíz, o de efervescente aloja de algarrobo, que donosas vendedoras de extramuros o chicheras como allí las llaman, ofrecen y comparten con estos galanes de tierra adentro, quienes por serlo más apuran litro tras litro en tan grata compañía femenina.

El bizarro gaucho en su briosa mula 

El rancho y su mobiliario: el mortero y las ollas para distintos usos.

Juan Ambrosetti

Y continuando con la descripción que hace Ambrosetti del gaucho montado en su briosa y laboriosa mula (foto) agrega: “Estos son los hombres de la famosa caballería del norte, a la que bien podría llamarse caballería de montaña. Gente fuerte, robusta, fornida, sobrios al extremo, cuando es necesario, trabajadores incansables, y jinetes de primer orden que tanto les da montar un potro o domar una mula, como andar días enteros a pie y mostrando la misma sangre fría y destreza, cuando solos enlazan un toro bravo entre la maraña intrincada de un cebilar; corriendo un burro alzado por los filos de los cerros o al borde de los abismos. Lo mismo les da.

Felizmente esta raza viril no desaparece, es un producto de ese suelo privilegiado en el que la naturaleza se ha entretenido en prodigar riquezas, en medio del lujo más estupendo de cerros y montañas.

El rancho

Los ranchos de los alrededores son muy parecidos entre sí. Del adobe de barro, secado simplemente al sol, hacen las paredes y el techo de ramas y paja, los cubren de una gran capa de barro lo que aquí llaman torta, y como pocas veces llueve, se conservan indefinidamente.

En estos ranchos no falta nunca el mortero para pisar el maíz del locro, y que también sirve de silla, y las grandes ollas de barro, de formas iguales a las de los antiguos indios, y de múltiple uso también. Son ollas que sirven para fabricar la famosa chicha, el jabón o las velas, debiéndose a esto el que los llame comúnmente veleras…”.



Fuente: SALTA | http://www.eltribuno.info
La Salta del siglo XVIII, según Juan Ambrosetti

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