Los espacios naturales, un edén lleno de esperanza para Sudán del Sur

El pequeño avión gira bruscamente para sobrevolar de nuevo la planicie. El piloto ha visto algo a lo lejos: antílopes, primero uno, luego más, los rezagados de una migración de más de un millón de animales por estas tierras salvajes.

La sabana esconde otras maravillas. Tres jirafas nubias, extremadamente inusuales, caminan proyectando su gigantesca sombra sobre la hierba.

«Sólo quedan unos cientos en el mundo. Así que está usted viendo algo espectacular», recalca Albert Schenk, de la oenegé Wildlife Conservation Society (WCS).

Estamos en Sudán del Sur: uno de los jardines del edén de la flora y fauna africanas, un lugar de increíble biodiversidad, entre las selvas tropicales y los áridos y desolados desiertos del continente.

Un paisaje que pocos extranjeros han visto. Dos guerras civiles han dejado a Sudán del Sur prácticamente sin carreteras pavimentadas ni aeródromos. Es un país del tamaño de Francia, pero extensas zonas están aisladas.

Alberga algunos de los hábitats silvestres menos explorados de África, pero bellísimos, como el humedal más grande del continente, el Sudd, o la sabana más grande de la región, una tierra salvaje al este del Nilo blanco que discurre hasta Etiopía.

Cada año unos 1,2 millones de antílopes y gacelas cruzan esta sabana, un ecosistema de 95.000 km2 de ancho, del tamaño de un país como Hungría. Lo hacen en enormes manadas que dejan en los prados los surcos de su paso, visibles desde el cielo.

Por su magnitud, sólo lo supera la gran migración de ñus entre los parques de Serengeti, Tanzania, y Masai Mara, en Kenia. Los leones, elefantes y otras innumerables especies icónicas y en peligro de extinción que habitan esta sabana han sobrevivido décadas de guerra y caza furtiva.

– Una fauna amenazada-

«Todavía hay animales salvajes en Sudán del Sur», declaró a la AFP Alfred Akwoch Omoli, quien hasta febrero era ministro de Turismo. «Otros países nos los envidiarían».

Este patrimonio natural, sin embargo, está bajo constante amenaza, y los esfuerzos de conservación, cuando los hay, son difíciles y peligrosos. Científicos y guardabosques se enfrentan a milicias rebeldes y cazadores furtivos en un territorio aislado que el gobierno central es incapaz de controlar.

Alrededor del 15% de la superficie terrestre del país está dedicada a parques y reservas nacionales, espacios teóricamente protegidos por la ley. Pero los servicios de defensa de la fauna y la flora tienen pocos recursos financieros y humanos para vigilarlos.

En el parque nacional de Boma, en el este del país, los guardabosques despliegan dos pieles de leopardo incautadas a un hombre de la región que había tendido trampas a los felinos.

«Antes aquí había una rica fauna, que vivía cerca de las comunidades», cuenta a la AFP William Til, director interino del parque nacional de Boma.

«Antes de la guerra, la gente usaba perros, lanzas y atrapaba algunos animales», cuenta. «Se conformaban con eso. Pero hoy, con rifles automáticos, es más duro para los animales. Especies grandes han desaparecido de la zona».

Durante las décadas de guerra que precedieron a la independencia del sur del resto de Sudán en 2011, las cebras y rinocerontes fueron cazados hasta la extinción.

Los antílopes y las jirafas fueron masacrados para alimentar a los soldados. El marfil de los elefantes abatidos ayudó a financiar el conflicto. Sólo quedan unos 2.000, en vez de 80.000 hace 50 años.

– Desarrollar el ecoturismo –

Proteger la fauna local no es la prioridad en un país que lucha por superar seis años de guerra que han causado más de 380.000 muertos. Pero el gobierno es consciente de que le puede aportar beneficios.

La economía sursudanesa, o lo que queda de ella, depende casi en su totalidad del petróleo. Por lo tanto, el desarrollo de otros sectores que podrían crear puestos de trabajo e ingresos -como la conservación de la naturaleza o el ecoturismo- es crucial para el futuro, estima Omoli.

«¿Qué es lo que permite? Trae a los turistas (…) Pagarán y ese dinero se usará para el desarrollo», resume.

Sudán del Sur quiere inspirarse en sus vecinos ugandeses y ruandeses. Ambos países también han tenido guerras, pero ahora son destinos turísticos.

Pero aunque la paz dure, pasarán años o décadas antes de contar con un sector turístico viable. Necesitará inversiones cuantiosas, que puede que el gobierno no pueda permitirse a corto plazo, especialmente en este período de pandemia del nuevo coronavirus.

Mantener la paz y la seguridad será primordial para la preservación de la vida silvestre y de su hábitat, afirma Schenk. Años de esfuerzos de la WCS en Boma saltaron por los aires cuando estalló la guerra en 2013. Los guardabosques huyeron y el director del parque fue ejecutado.

El campamento de WCS, un centro de investigación establecido en 2008, fue «completamente saqueado», recuerda Schenk. «No quedaba nada más que las losas de hormigón sobre las que colocábamos las carpas de safari. Tuvimos que reconstruirlo todo».

Un acuerdo de paz firmado en septiembre de 2018 puso fin a los combates, aunque continúan en algunas partes del país. Desde entonces, las fotos aéreas han demostrado que aún hay esperanza.

– ‘Desarrollo’ –

La fauna se ha adaptado, escondiéndose en enormes zonas pantanosas o bosques. Y las grandes columnas de antílopes y gacelas continuaron circulando.

En los últimos años, especies raras como el bongo, el licaón o el colobo rojo han sido fotografiadas por el grupo de defensa del medio ambiente Fauna y Flora Internacional.

«Hay muchas cosas por ahí que aún no hemos visto», dice Schenk.

En 2019, el gobierno estadounidense donó 7,6 millones de dólares (7 millones de euros) para un programa de tres años para proteger la vida silvestre y estimular el desarrollo económico en el área de Boma-Bandingilo, sobre todo a través del ecoturismo.

WCS ha ayudado a establecer una legislación que establece como área protegida el corredor migratorio entre los parques nacionales de Boma y Bandingilo. Según Schenk, es un importante paso porque esta zona, rica en petróleo y minerales, despierta mucha codicia.

Til se aferra a la esperanza de que los esfuerzos de conservación algún día «contribuyan a traer el desarrollo» a esta zona remota. Sus hombres cobran poco y a menudo tarde, y sus familias tienen acceso limitado a escuelas, hospitales y otros servicios básicos.

Pero mientras patrulla a pie la inmensa extensión a su cuidado, el director hace una promesa: «No nos damos por vencidos».

np/fb/cyb/fal/erl/zm

Fuente: ARGENTINA | https://www.infobae.com
Los espacios naturales, un edén lleno de esperanza para Sudán del Sur

También te puede interesar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.